Tal y como en el pasado sucedió con el movimiento político antisemita y su lucha contra la “judaización”, la lucha contra la “islamización” se ha convertido en el objetivo de los movimientos políticos islamófobos

Este texto se basa en la versión previa al proceso de edición (pre-print) de Bravo López, Fernando. En casa ajena: bases intelectuales del antisemitismo y la islamofobia. Barcelona: Ed. Bellaterra, 2012 (selección de los capítulos 1 y 2 de la primera parte y 3 de la segunda parte).
Contrarrevolucionarios y revolucionarios frente a la emancipación y la “reforma” de los judíos
La contrarrevolución no heredó sin más los planteamientos de los polemistas antijudíos anteriores al siglo XVIII. Aunque sus puntos de partida y sus objetivos siguieron siendo semejantes —un punto de partida confesional que, en principio, tenía como objetivo la conversión de los judíos—, se vio influida igualmente por el lenguaje secularizado y los planteamientos ilustrados. Así, empezaron a contemplar la conversión no sólo como la vía de salvación para los judíos, o como un medio para preservar la integridad de la fe cristiana, sino también como la única forma de inclusión en la nación. La conversión se convirtió en una necesidad para la inclusión de los judíos como ciudadanos y, en último término, para el bienestar de la nación. Como decía Louis de Bonald (1754-1840) en un texto de febrero de 1806:
Quienes cierran voluntariamente los ojos a la luz, para no ver nada de sobrenatural en el destino de los judíos, atribuyen los vicios que se les reprocha únicamente a la opresión que sufren; y, en consecuencia, quieren que la emancipación preceda a la reforma de los vicios. Aquellos que, al contrario, encuentran que la causa de la degradación del pueblo judío, y de la hostilidad que siente hacia todos los demás pueblos, se encuentra en su religión hoy en día insociable, y que consideran que sus desgracias, así como sus vicios, como el castigo por un gran crimen y el cumplimiento de un terrible anatema, aquellos consideran que la corrección de los vicios debe preceder al cambio en el estado político. Es decir, para hablar claramente, que los judíos no pueden ser, y se haga lo que se haga, no serán jamás ciudadanos bajo el cristianismo sin hacerse cristianos.[1]
A partir de la contrarrevolución, para todo el conservadurismo confesional europeo el cristianismo, en cualquiera de sus variantes —dependiendo del país—, ya no era simplemente una fe religiosa, la única vía de salvación, era también el componente esencial de la identidad nacional. En consecuencia, los judíos, puesto que no compartían ese componente esencial de la identidad nacional, mientras siguieran siendo judíos, eran extranjeros dentro de un “Estado cristiano”. De esta manera, para algunos autores la “reforma” de los judíos significaría su conversión. Cualquier otra forma de alejamiento de los preceptos judíos, cualquier otra forma de “reforma”, sería vista con suspicacia, cuando no con animadversión. Para algunos, por ejemplo, el judío alejado de la religión, convertido en un librepensador, seguirá siendo, por tanto, anticristiano y será tan peligroso como el judío “ortodoxo”.
Así, tanto desde el campo revolucionario como desde el contrarrevolucionario se pidió a los judíos una reforma, solo que en sentidos diferentes. Otros autores, en cambio, tanto contrarrevolucionarios como revolucionarios, se mostraron escépticos ante la posibilidad de que los judíos pudieran llevar a cabo ese cambio demandado, y consideraron que el único lugar que el Estado podía otorgar a los judíos era un papel subordinado, de minoría tolerada pero sometida; es decir, su tradicional lugar dentro del gueto. En definitiva, entre los autores que mantenían una visión negativa de los judíos la frontera entre los planteamientos revolucionarios y contrarrevolucionarios en cuanto a la incorporación de los judíos a la nación en ocasiones se difuminaba.
Sin embargo, a pesar de esas coincidencias, que poco a poco irán dando lugar al surgimiento de dos variantes dentro del antisemitismo —uno revolucionario y otro contrarrevolucionario—, las diferencias entre una y otra variante, serán reseñables. Cada una identificará al judaísmo con cosas diferentes. Mientras muchos de los autores herederos del pensamiento revolucionario seguirán manteniendo la misma imagen despreciativa de los judíos que habían mantenido los ilustrados como Voltaire, la contrarrevolución construirá una imagen algo diferente. Seguirán siendo los representantes de todo aquello que se considera indeseable, pero en este caso, todo lo indeseable será algo diferente. Si aquellos ilustrados reprochaban a los judíos su fanatismo, su intolerancia e irracionalidad, la contrarrevolución vendrá a identificar a los judíos con la Ilustración, el racionalismo, la crítica a la religión establecida, el liberalismo y la revolución. De esta forma, los judíos representarán una cosa y la opuesta dependiendo de las ideas con las que el autor en cuestión se identifique, siempre representando todo aquello que el autor detesta.
Pero en algo seguirán estando de acuerdo: la concesión de la ciudadanía a los judíos, sin esa previa reforma, pondrá en peligro a la ciudadanía cristiana, al Estado mismo. Sin esa reforma, los judíos seguirán manteniendo su comportamiento antisocial y sus aspiraciones de dominación global. Como decía Bonald, haciendo uso de «sus riquezas para adquirir una gran influencia en las elecciones populares», terminarían sometiendo a los cristianos a su poder, dominándolos, convirtiéndolos en esclavos.[2] Comienza así a extenderse entre los adversarios de la emancipación la idea de la “judaización”, la idea de que los judíos estarían infiltrándose en la sociedad cristiana, transmitiendo ideas nocivas, apoderándose de todo, sometiendo a su poder a los cristianos.
La judaización de Europa y la conspiración judeomasónica
Según los antisemitas, reconocer legalmente la igualdad de los judíos era eliminar las barreras que protegían a los cristianos de las maldades judías, suponía poner a su disposición un arma insuperable para poder llevar a cabo sus designios anticristianos. Ahora ya nada los detendría. Utilizarían esa igualdad para ir, poco a poco, imponiéndose en todos los sectores de la sociedad, que inevitablemente iría judaizándose. Los judíos, que nunca dejarían de ser extraños a la nación, que formarían siempre un Estado dentro del Estado, irían, paso a paso, infiltrando su influencia en el resto de la sociedad, eliminando esa separación entre los dos Estados para imponer el suyo, para crear un Estado judío. Siendo parte además de una nación cosmopolita que se extendía por todos los rincones de la Tierra, y que actuaba en todos ellos de manera concertada en la misma dirección, los judíos pronto harían que ese Estado judío dominara todo el planeta. Por fin los judíos dominarían el mundo, dando así cumplimiento a sus profecías.
Tal calamidad no era posible que fuera del gusto de los cristianos, y si algunos de ellos defendían la igualdad de los judíos tenía que ser porque estaban dominados por los judíos a través de una serie de sociedades secretas, o porque ellos mismos eran judíos en secreto o eran cristianos judaizados. Las ideas que habían llevado a la emancipación legal de los judíos tenían que ser, por tanto, de origen judío. La filosofía del XVIII, la Ilustración y las ideas revolucionarias, eran judías, y por lo tanto anticristianas. Los cristianos imbuidos de esas ideas se habían vuelto anticristianos, y, confabulados con los judíos, maquinaban en secreto para acabar con la civilización cristiana e imponer el dominio judío. La igualdad era el primer paso.
Ése es, poco más o menos, el desarrollo del argumento antisemita que seguramente más contribuyó a legitimar la reacción contra la emancipación de los judíos.[3] Es este el argumento que dio forma al movimiento antisemita, el que le dio un sentido, un objetivo: informar al público sobre el peligro que se cernía sobre él para así estimular una reacción que permitiera frenar la judaización. Es éste, además, un argumento que, curiosamente, reapareció siempre que los judíos pudieron mejorar su estatus legal para acceder progresivamente a la igualdad, y esto en contextos sumamente diferentes. Desde la España de la Limpieza de Sangre, cuando, para legitimar los estatutos se fabricó la Carta de los judíos de Constantinopla, hasta el Holocausto y aún después.
Durante todo ese amplísimo periodo de tiempo, a pesar de las diferencias evidentes en el contexto histórico, siempre hubo quien, con mayor o menor éxito, trató de legitimar la desigualdad de los judíos apelando a la idea de que la igualdad de los judíos significaría el dominio de los judíos y la judaización de la sociedad cristiana, y que para llegar a conseguir tal objetivo existía una conspiración, un plan oculto del que, afortunadamente, existían “pruebas”: ya fuera la mencionada Carta, ya fuera el testimonio de algunos judíos que se habían sincerado con amigos cristianos, ya fueran Los Protocolos de los Sabios de Sión.
En cualquier caso, la idea de que existía esa voluntad judía de imponerse, de dominar el mundo, de acabar con el cristianismo judaizando la sociedad cristiana, partía de una idea previa: la de que los judíos eran enemigos irreconciliables de los cristianos, que era su deber como judíos acabar con el cristianismo, que era eso lo que su religión les enseñaba, tal y como mostraban sus Escrituras, especialmente el Talmud. Así, mucho antes de que se popularizaran Los Protocolos de los Sabios de Sión, ya existía un argumento bien construido en torno a la existencia de una conspiración que había favorecido la expansión de las “ideas judías” que habían llevado a la emancipación y que estaban propiciando la expansión del dominio judío, la judaización de la sociedad cristiana.
Como veremos más adelante, la idea de que la emancipación daba vía libre a la instauración de un sistema dominado por los judíos, a la judaización de las sociedades europeas, fue común a todo el antisemitismo, incluido el llamado “antisemitismo revolucionario”.[4] Sin embargo, parece que en un principio este tipo de antisemitismo fue poco dado a manejar teorías conspirativas. Éstas estuvieron siempre más presentes en los círculos contrarrevolucionarios, que, como se sabe, a partir de la obra de Augustin Barruel (1741-1820) habían atribuido el éxito de la revolución francesa a las maquinaciones de las sociedades secretas, especialmente la masonería. Los judíos no tardaron en ser introducidos en la ecuación como inspiradores y dominadores de esas mismas sociedades. Fue un personaje misterioso llamado Jean-Baptiste Simonini quien, en 1806, advirtió por carta a Barruel de que en su teoría sobre las causas de la revolución faltaba un actor fundamental, los judíos:
Señor, hace pocos meses que por casualidad tuve la fortuna de tener conocimiento de vuestra excelente obra titulada “Memoria de los jacobinos”. La he leído o más bien la he devorado con un increíble placer (…) Oh, ¡qué bien habéis desenmascarado a esas sectas infernales que preparan la llegada del Anticristo y son las enemigas implacables, no solamente de la religión cristiana, sino de todo culto, de toda sociedad, de todo orden! Hay sin embargo una que no habéis tratado más que ligeramente. Quizás lo habéis hecho a propósito, dado que es la más conocida y por tanto la que menos hay que temer. Pero yo creo que es hoy la potencia más formidable, si consideramos sus grandes riquezas y la protección de la que disfruta en casi todos los Estados de Europa. Sabréis ya, señor, que hablo de la secta judaica. Ésta aparece en todo como enemiga y separada de las otras sectas, pero realmente no lo es. En efecto, es suficiente con que una de aquellas se haga enemiga del nombre cristiano para que ésta la favorezca, la aliente y la proteja. ¿Y no la hemos visto y no la vemos todavía prodigar su oro y su plata para sostener y dirigir a los modernos sofistas, los franc-masones, los jacobinos, los illuminati? Los judíos, por tanto, con los demás sectarios, no forman más que una sola facción para aniquilar, si les es posible, el nombre cristiano.[5]
Simonini decía a Barruel que esto no era una simple teoría, sino que era un hecho cierto que una serie de judíos que él conocía le habían transmitido. A partir de entonces, entre los contrarrevolucionarios antisemitas se generalizó la idea de que efectivamente la judaización estaba en marcha y que ésta, además, tenía como origen la influencia y el control que los judíos ejercían sobre las sociedades secretas que estaban detrás de esa revolución que, precisamente, había propiciado la emancipación judía y la consiguiente judaización. El antisemitismo se apoderó así de gran parte de la contrarrevolución, especialmente del integrismo católico. Sobre todo durante la segunda mitad del siglo XIX las editoriales católicas publicaron incansablemente títulos que exponían este tipo de teorías, y revistas católicas como La Civiltà Cattolica, que se distribuía en muchos países, las pusieron a disposición de innumerables publicistas católicos que luego las repitieron sin descanso. Entre este tipo de obras, una de las más importantes fue El judío, el judaísmo y la judaización de los pueblos cristianos, de Roger Gougenot des Mousseaux.[6]
La “reforma” del islam y la amenaza de la “islamización”
En la islamofobia, el argumento se desarrollaría así: el islam es incompatible con Occidente. Los valores que aquél defiende están en contra de los valores defendidos por éste. Esta incompatibilidad impide la integración de los musulmanes en Occidente, y la concesión de la ciudadanía a pesar de esa manifiesta incompatibilidad supone un peligro mayúsculo. Obtenida la ciudadanía, los musulmanes utilizarán sus recientemente adquiridos derechos para imponerse, para tomar el poder, para someter a sus conciudadanos a la ley islámica. Terminarán islamizando las sociedades occidentales. ¿Pero qué pasa si el islam cambia? ¿Qué pasa si el islam abandona aquello que lo convierte en incompatible y se “occidentaliza”? ¿Qué pasa si el islam se reforma? ¿Es eso posible?
La idea de que, efectivamente, el islam es un mal tal y como es, y que, por ello, debe “reformarse”, es una idea que en los últimos años se ha manejado con profusión, y que ha tenido especial relevancia en el contexto europeo, dentro del debate en torno a la presencia islámica en Europa. Según esta visión, el islam es incompatible con lo que se considera “democrático” y “occidental”. Así pues, mientras no cambie, mientras el islam no se reforme, seguirá siendo incompatible con Occidente, con la democracia, y, por lo tanto, siguiendo el razonamiento a partir de concepciones esencialistas, la integración de los inmigrantes musulmanes en Europa será imposible. Una reforma es, pues, necesaria. En ocasiones, esta reforma se pone en relación con la Ilustración y se considera que el islam no es compatible con la democracia porque no ha tenido algo comparable a la Ilustración.[7]
«Hay 20 millones de musulmanes en Europa y será muy interesante ver en los próximos años cómo practicarán su religión en nuestras democracias liberales. ¿Evolucionará de manera diferente? ¿Surgirá en Europa la gran reforma del islam que algunos ansían?», se preguntaba el periodista y sociólogo holandés Paul Scheffer.[8] «¿Se puede reformar el islam a través de su propio texto sagrado, el Corán?, ¿o la única forma de hacer avanzar las sociedades islámicas es establecer otro equilibrio entre religión y razón, y rechazar la religión como medida de la moral?», se preguntaba, por su parte, la periodista Soledad Gallego-Díaz.[9] «El islam necesita una reforma que haga inviable el fanatismo islamista.», afirmaba el eurodiputado Emilio Menéndez del Valle.[10] Y el intelectual británico Salman Rushdie afirmaba que «lo que se necesita es ir más allá de la tradición —ni más ni menos que un movimiento de reforma que lleve los conceptos centrales del islam a la era moderna, una Reforma Musulmana para combatir no sólo a los ideólogos yihadíes sino también los agobiantes y polvorientos seminarios de los tradicionalistas, abriendo las cerradas ventanas de las comunidades para dejar entrar un muy necesario aire fresco.»[11]
Postular que el islam —así, en general— necesita una “reforma” no es, por sí mismo, islamófobo. Es una postura esencialista también presente en, por ejemplo, el islamismo —el llamado “reformismo musulmán” es un ejemplo[12]—. Esta postura sólo se convierte en islamófoba cuando esa necesidad de “reforma” se postula a partir de la idea de que el islam, tal y como es, es una amenaza. En esos casos, aun cuando se afirma esa posibilidad de reforma, se está muy cerca de negarla, pues se considera que el islam, para poder reformarse, debería dejar de ser el islam; es decir: dejar de tener como uno de sus dogmas que el Corán en su totalidad contiene la palabra de Dios y dejar de tener a Mahoma como ejemplo a seguir. De hecho, es sintomático de esta postura el poner a musulmanes que han dejado de serlo como ejemplos de musulmanes “reformados”, “liberales” o “moderados” —lo que es una muestra más del modo en el que la identidad musulmana pasa de estar determinada por la fe a estarlo por el origen etnocultural y la ascendencia—; o el considerar que aquellos musulmanes que no se amoldan al estereotipo del islamista radical no son verdaderos musulmanes.
Por ejemplo, para Oriana Fallaci, el buen musulmán no puede ser “moderado”. Así lo afirmaba la autora italiana cuando sostenía que el Corán no es «un libro para interpretar según las circunstancias y la comodidad de cada cual. El Corán es lo que es. Y los fundamentalistas, los integristas, no son su rostro degenerado. Ergo, un buen musulmán no puede ser moderado. No puede aceptar el Estado de Derecho, la libertad, la democracia, nuestra Constitución, nuestras leyes. El Islam moderado no existe.»[13] Sin embargo, en el mismo texto, pero un poco más adelante, la autora italiana afirmaba que, a pesar de que no existe un islam moderado, sí existen «musulmanes moderados», pero que «son una minoría exigua», que, de hecho, no pueden considerarse musulmanes «porque entre nosotros comen jamón, beben vino, escuchan música, respetan a las mujeres, van poco o no van nada a la mezquita, a menudo no observan el Ramadán. En definitiva, cambian. Se convierten en musulmanes que ya no son musulmanes, descubren que Ernest Renan tenía razón cuando sostenía que el Islam es el reino del dogma absoluto.»[14] El islam, pues, no puede reformarse, y el musulmán reformado es el que deja de serlo.
De forma semejante, el intelectual español Jon Juaristi, afirmaba que «un musulmán moderado sería una contradicción viviente» y que lo más cercano a la moderación que un musulmán puede estar es cuando no es terrorista pero, sin embargo, quiere islamizar el mundo «mediante la combinación del uso instrumental de la democracia con el acelerado crecimiento demográfico de la umma». Así, todo musulmán desea islamizar el mundo, casi por naturaleza, de manera que cualquiera que diga ser musulmán y no quiera islamizar el mundo demuestra no ser musulmán, ya que «un musulmán moderado no es un musulmán».[15] De hecho, según el punto de vista de este intelectual español, premio nacional de ensayo en el año 1998, los musulmanes verdaderos —no los supuestos moderados que en realidad no son musulmanes—, son tan diferentes a “nosotros” en todo, son tan antitéticos, que no quieren a sus hijos como “nosotros”, con un amor verdadero, sino que el suyo es un amor «compatible con la pedagogía de la sumisión total y del maltrato», un amor que no les impide llenarlos de dinamita y hacerles saltar por los aires.[16] Habrá que entender, por lo dicho antes, que todo musulmán que no quiera ver a sus hijos inmolados, que no les maltrate o no los mantenga bajo un régimen de estricta sumisión, tampoco será un verdadero musulmán. Así, por tanto, según este punto de vista, poco lugar hay para ser musulmán y no ser un ser despiadado dispuesto a todo para islamizar el mundo. No hay enmienda posible en el musulmán, porque si no es tal y como Juaristi dice, no es musulmán. No hay reforma que no pase por la desislamización.
En realidad, aunque en la mayoría de ocasiones se olvide, este debate en torno a la integración de la población musulmana, y la necesidad de una reforma en el islam para propiciar esa integración, remite a un debate más general sobre el lugar que la religión debe ocupar en un Estado laico y democrático. Todas las religiones aspiran, de una u otra forma, a que las normas que rigen el Estado estén inspiradas por la moral que propugnan —o al menos no la contradigan—. Que el debate se centre en el islam no deja de ser sorprendente, habida cuenta de que en la mayor parte de Europa las iglesias cristianas tienen un poder social y político mucho mayor que el que cualquier comunidad islámica pueda tener. Sin embargo, el aumento durante los últimos años de la preocupación por el islam —que en determinadas ocasiones termina convirtiéndose en islamofobia— ha hecho que el debate sobre la necesidad de reforma se centre en el caso islámico únicamente. Además, el hecho de que el islam sea percibido como una religión “extranjera”, habida cuenta de que la gran mayoría de sus creyentes residentes en Europa son personas con historias personales o familiares ligadas a la inmigración, ha provocado que surja la idea de que, para ser europeo u occidental, el islam debe cambiar, debe integrarse para amoldarse a “lo nuestro”. Todo el debate en torno a la existencia o no de un islam en Europa, un islam europeo o un euroislam, se basa —en buena medida—, en la idea de que el islam es algo extraño, ajeno y, en alguna medida, antitético a Europa.[17]
Por el contrario, las diferentes confesiones y denominaciones cristianas son percibidas como “nuestras” y, por ello, aunque puntualmente puedan darse situaciones tensas con el Estado, no dejan por ello de ser “nuestras”, y, por lo tanto, no se considera que para ser parte de “nuestra comunidad” deba darse en ellas cambio alguno, ni “reforma”; no tienen por qué integrarse dado que ya lo están, por definición. El judaísmo, como sabemos, tuvo que sufrir de forma indescriptible antes de poder llegar a ser considerado parte de Europa; y, aun así, algunos consideran que para ello tuvo que pasar por un proceso previo de reforma —la Haskalá—,[18] olvidando así que muchas comunidades judías la rechazan, sin que por ello —faltaba más— sean consideradas menos europeas.
En algunas ocasiones, desde determinados ambientes laicos se asume que esas iglesias ya llevaron a cabo su “reforma” —el Vaticano II en el caso católico, por ejemplo— para amoldarse a la vida en un Estado laico y democrático, después de sus enconadas luchas contra el liberalismo durante la mayor parte del siglo XIX y parte del XX.[19] Pero, aun en los momentos de enfrentamiento más enconado entre los sectores laicos de la sociedad y los sectores más conservadores de, por ejemplo, la Iglesia católica, los primeros, aun postulando la necesidad de que la Iglesia se “modernice”, no llegan nunca a poner en duda su carácter europeo. Por otra parte, casi nunca se conmina a las iglesias evangélicas a que lleven a cabo reforma alguna para ser consideradas “europeas”, toda vez que parecen serlo por definición, por muy fundamentalistas que puedan ser. No sucede así en el caso del islam: los musulmanes, para ser considerados europeos u occidentales deben, primero, reformarse. Se postula como una condición a priori. En definitiva, se trata, sin más, de una reedición del debate decimonónico sobre la vinculación entre la emancipación de los judíos y la necesidad de que estos se reformaran, solo que en esta ocasión los protagonistas son otros: los musulmanes.
La islamización y el mito de la conspiración islamo-izquierdista
Según los islamófobos, si la reforma y modernización del islam no es posible, si la única reforma posible en el islam es su desaparición como religión, la incompatibilidad entre el islam y Occidente continuará mientras el islam exista u Occidente sucumba. Pues de esa incompatibilidad se deriva un conflicto ineludible, un conflicto que ha enfrentado al islam y a Occidente desde hace siglos, un conflicto que se reproduce en el interior mismo de Occidente por la creciente presencia de musulmanes. Esta presencia significa que el enemigo ya no sólo nos amenaza desde el exterior, sino que está entre nosotros, nos invade poco a poco, y que, como una quinta columna, quiere acabar con nuestra identidad, con nuestra cultura, con nuestros valores, quiere islamizar Occidente, y después el mundo entero.
El peligro que supone la creciente presencia islámica en Occidente debido a la incompatibilidad esencial entre lo que Occidente representa y defiende y lo que el islam es —lo que el islam enseña, lo que defiende y lo que desea—, es aún mayor por la actitud occidental con respecto a esa presencia. En lugar de tratar al enemigo como lo que es, se le trata como a un amigo.[20] Se le reconocen sus derechos, se le da protección, educación, sanidad, se le deja practicar libremente su religión, que construya mezquitas, que porte símbolos religiosos aberrantes como el velo o el burka, incluso, cada vez más, se le concede la ciudadanía. El enemigo va ganando así terreno poco a poco. Además, gracias a su increíble fertilidad, se reproduce de manera escandalosa. Pronto serán mayoría y, gracias a la ciudadanía, podrán elegir gobiernos, imponer sus normas, islamizar Occidente, convertirnos a todos en dhimmíes.
Tal aciago futuro no es posible que sea del gusto de ningún buen occidental, y si hay alguno que está a favor de respetar los derechos de los musulmanes, de concederles la ciudadanía, de respetar al islam como una opción religiosa legítima, es porque, en el fondo, odia Occidente. Este odio le lleva a aliarse con sus enemigos. Le lleva a favorecer el multiculturalismo, que no es más que una estrategia para minar desde el interior a las sociedades occidentales. El multiculturalismo y el relativismo cultural impiden a los europeos saber quiénes son, estar orgullosos de su cultura e identidad, y eso les impide defenderlas de las amenazas externas. Una persona que considera que todas las culturas son igualmente válidas, que no reconoce la superioridad intrínseca de Occidente, ¿cómo va a defenderlo? De hecho, no reconocer esa superioridad evidente sólo puede ser una muestra de odio, y es ese odio el que lleva a querer acabar con él, el que lleva a aliarse con el enemigo, a favorecer su penetración, a que cada día aumente su influencia y su poder sobre nosotros. Existe, de hecho, una inmensa conspiración entre las fuerzas antioccidentales de la izquierda y el islam para acabar con Occidente, con todo lo que Occidente representa.
Ése es, poco más o menos, el argumento que, a semejanza del esgrimido por el antisemitismo, maneja la islamofobia en la actualidad. Ya no se trata de la judaización de Europa, de la conspiración para judaizar el mundo; se trata de la islamización de Europa, de Occidente, del mundo entero, y de la existencia de una verdadera conspiración para lograrlo. Se trata de un tema central en la actual islamofobia, y, como en el pasado sucedió con el movimiento político antisemita y su lucha contra la judaización, la lucha contra la islamización se ha convertido en el objetivo de los movimientos políticos islamófobos.
Como sucedía en el caso de la judaización, en el origen de la idea de la islamización yace un profundo pesimismo cultural obsesionado con la decadencia, la degeneración de la cultura, la civilización o la nación con la que el islamófobo en cuestión se identifica. Según su visión, la islamización es consecuencia, obviamente, de la amenaza que el islam supone, pero tal amenaza no sería tan grave si “nuestra comunidad” no estuviera en decadencia. El islam sería igualmente peligroso, seguiría siendo la amenaza vital que es, pero al menos podríamos hacerle frente, asumir el conflicto, combatir y vencer. Sin embargo, como somos una sociedad en decadencia, sin valores, sin identidad, sin orgullo, el islam puede vencernos fácilmente y de forma inexorable. Así, por ejemplo, Rafael Bardají, director de política internacional de la Fundación FAES, decía: «Europa sufre una crisis de identidad tan severa, producto de las políticas del multiculturalismo, que amenaza con dejarla postrada a los pies de aquellos grupos cuyas señas de identidad siguen siendo importantes y muy fuertes. En ese sentido, el reto que presentan las comunidades islámicas en Europa debe ser tenido bien en cuenta».[21]
Por otro lado, también como sucedía en el caso del antisemitismo, la islamofobia obsesionada con la islamización parte de una concepción esencialista, no sólo del islam, sino también de la propia comunidad con la que se identifica a sí misma. Según esta visión la comunidad cultural, nacional, civilizacional, se concibe como monolítica y se le atribuyen una serie de características esenciales que no han cambiado a lo largo de la historia, precisamente porque son parte de su esencia. Así, a las características malignas del islam se contraponen las características benignas de “nuestra” comunidad. Si el islam es servidumbre, oscurantismo, fanatismo, violencia e intolerancia, Occidente, Europa, el Cristianismo, España, o simplemente “nosotros”, representan todo lo contrario: libertad, tolerancia, racionalismo, en definitiva, el Bien. Puesto que son características esenciales, pertenecen al islam o a “nuestra” comunidad desde que existen, y de ahí se deriva el conflicto secular que nos ha enfrentado: porque representamos polos opuestos, antagónicos, por nuestra propia esencia.
La concepción esencialista de la propia comunidad nacional, cultural o civilizacional conlleva, como decimos, una visión de ésta como homogénea. Las características esenciales son compartidas por todos los miembros de la comunidad o de lo contrario son vistos con recelo, son sospechosos de extranjerizar, se convierten en extraños e incluso traidores. La diferencia pone en peligro la integridad de una comunidad que se concibe de tal manera, por lo que es vista con sospecha, cuando no directamente rechazada y perseguida. La convivencia entre diferentes grupos etnoculturales implica, según este punto de vista, un peligro, pues la mera presencia de formas alternativas de vida, pone en duda la imagen ideal de la comunidad, pone en duda sus características esenciales, lo cual se entiende como una amenaza que puede llevar al cambio, a la judaización, a la islamización, pues como decía Freud, es «como si toda divergencia de sus propias líneas de desarrollo implicara una alta dosis de crítica hacia ellas y el deseo de alterarlas».[22]
De ahí surge la idea tan extendida entre antisemitas e islamófobos de que, del contacto entre diferentes culturas, identidades nacionales, civilizaciones, sólo una puede resultar victoriosa. El líder del antisemitismo alemán de finales del XIX, Wilhelm Marr, remitía a la idea de que cuando un pueblo conquista a otro, sólo dos opciones son posibles: o el conquistador domina y hace desaparecer al conquistado, o el conquistador desaparecía absorbido por el conquistado.[23] La convivencia entre grupos culturales diferentes no se contemplaba. De la misma manera, el politólogo italiano Giovanni Sartori, afirmaba que «en Europa, si la identidad de los huéspedes permanece intacta, entonces la identidad a salvar será, o llegará a ser, la de los anfitriones».[24] Desde un punto de vista católico, el cardenal Giacomo Biffi llegaba a conclusiones semejantes. La convivencia con los musulmanes de Europa conllevaba un peligro de islamización. Precisamente era eso lo que los propios musulmanes esperaban que sucediera, dado su supuesto deseo de permanecer diferentes en lo esencial:
Los musulmanes —en la mayoría de los casos, y con pocas excepciones— llegan aquí resueltos a permanecer extranjeros a nuestro tipo de “humanidad” individual o social, en lo más esencial, en lo más precioso; extranjeros a lo que nos es imposible renunciar “laicamente”. Más o menos abiertamente, vienen aquí decididos a permanecer sustancialmente “diferentes”, esperando que nos hagamos sustancialmente como ellos. (…) Europa volverá a ser cristiana o se convertirá en musulmana.[25]
Por lo tanto, según este punto de vista, la existencia de minorías etnoculturales dentro de los Estados nación resulta un problema. Deben desaparecer absorbidas por la mayoría. Reconocer sus derechos como minoría para que tengan la posibilidad de preservar su herencia cultural pone en peligro la identidad cultural de la mayoría, que poco a poco irá desapareciendo. Sucumbirá, se judaizará o se islamizará. Si ellos no quieren renunciar a su identidad, si no quieren renunciar a sus costumbres, a su religión, entonces nos las impondrán a nosotros. De hecho, por el simple hecho de querer preservarlas, nos las imponen. Más aún cuando resulta que la comunidad minoritaria en cuestión se identifica con una religión que impone en los creyentes la idea de que son superiores al resto de los hombres y están destinados a dominarlos, o que tienen la obligación de imponer su religión en todo el mundo: «es cierto que yihad no significa, en general, “guerra”, sino “esfuerzo”, pero tal esfuerzo (que incluye también los esfuerzos bélicos) está dirigido a la islamización global y es, junto con la oración y la limosna, una de las tres obligaciones principales de todo creyente», afirmaba Jon Juaristi.[26]
Desde este punto de vista, evitar la judaización o la islamización es una tarea necesaria, legítima, pues de ella depende la propia supervivencia de “nuestra” cultura, nación, civilización. Para ello, inevitablemente, la minoría deberá ser asimilada totalmente. Y para lograrlo, primero habrá que suprimir aquello que la identifica como minoría: su lengua, sus vestimentas distintivas, sus costumbres particulares, su religión… Si para ello los derechos fundamentales de la minoría deben ser conculcados, debe hacerse, pues es una cuestión de vida o muerte. Además, de no hacerse, ellos ganarían y entonces eso que nosotros no queremos hacerles, ellos nos lo harían a nosotros. De producirse finalmente la judaización o la islamización, ellos nos someterían a un régimen de servidumbre, nos quitarían nuestros derechos, instaurarían un sistema por el que sólo los judíos o los musulmanes tendrían todos los derechos.
Como la idea de la judaización, la idea de la islamización tiene dos vertientes que, en el discurso, pueden aparecer unidas o separadas. La primera es la islamización que podríamos llamar “espiritual”, por la cual el islam estaría imponiendo sus valores, su Ley. Por ejemplo, Robert Redeker en septiembre de 2006 decía en Le Figaro que la prohibición de cierto tipo de bañador en las playas del Sena era una muestra de la «islamización de los espíritus»:
No es descabellado pensar que esa prohibición traduce una islamización de los espíritus en Francia, una sumisión más o menos consciente a los dictados del Islam. O, al menos, que es el resultado de la insidiosa presión musulmana sobre los espíritus. Islamización de los espíritus. (…). El islam intenta obligar a Europa a plegarse a su visión del hombre.[27]
La segunda vertiente es la islamización física, biológica, por la que el islam se estaría imponiendo por medio de la demografía. Evidentemente, en la visión de los islamófobos, esta segunda vertiente implica la primera: el dominio demográfico es un paso previo a la imposición de la ley islámica, pero en el discurso no tiene por qué aparecer siempre unida a la primera cuestión. Esta concepción de la islamización trata de legitimarse a partir del uso de estadísticas de población y estimaciones de futuro. Hoy son, por ejemplo, 15 millones, al ritmo actual de crecimiento, en 25 años serán 50, en 50 años serán mayoría, podrán hacerse con el poder, imponer el islam, la islamización habrá culminado. Ésta es la idea. Hacia finales del siglo XXI, Europa será musulmana: «los europeos se casan tarde —decía Bernard Lewis— y no tienen ningún o muy pocos niños. Pero existe una fuerte emigración: turcos en Alemania, árabes en Francia y pakistaníes en Inglaterra. Estos se casan pronto y tienen muchos niños. Siguiendo las tendencias actuales habrá mayorías musulmanas en la población europea lo más tarde a finales del siglo XXI».[28]
Cifras y más cifras se manejan, cifras que de autor a autor varían de forma increíble. Y todas parten de un supuesto falso: que verdaderamente existen cifras oficiales de población musulmana. Tales cifras no existen, al menos en Europa, donde preguntar a la población por sus creencias religiosas está a menudo prohibido por la ley. Se realizan entonces estimaciones en función del origen nacional de los extranjeros residentes. Pero esto conlleva una etnificación —o racialización, si se prefiere— de la identidad musulmana, por la que esta pasa a estar definida, no por las creencias individuales, sino por el origen nacional o étnico. La identidad musulmana pasa incluso a ser concebida a partir de los presupuestos del determinismo biológico: «el diez por ciento de todos los nacidos cada año en territorio de la Unión Europea serán siervos del Islam por el resto de sus vidas», afirmaba un columnista del portal neoconservador español LibertadDigital.es.[29] El mal que representa el islam se transmite entonces por la sangre, de padres a hijos, de generación en generación. Estas ideas ya las manejaba el general serbo-bosnio Ratko Mladic, quien fue condenado en 2017 por genocidio y crímenes contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional. En una entrevista, Mladic afirmaba:
Las madres serbias ven que se llevan a sus hijos los musulmani para convertirlos en chicos del sultán que venderán como esclavos… El mundo islámico no tiene la bomba atómica, pero cuentan con una bomba demográfica. Su enorme capacidad reproductora carece de cualquier clase de control (…) Un hombre con cinco o seis esposas crea una aldea en un abrir y cerrar de ojos. Después construyen una mezquita, ¡y ya está! Gorazde no es Estambul, ni Izmir, ni Ankara. Los musulmanes que viven aquí no son de esta tierra. No se han criado aquí.[30]
En tal caso, combatir el mal que representa el islam no significa educar en otros valores a las nuevas generaciones, significa, o que los musulmanes sean menos —expulsándolos o matándolos, como hizo Mladic—, que procreen menos, o que los “verdaderos europeos” procreen más, porque, al parecer, también el ser europeo, o el compartir los valores de la democracia, depende de la sangre. Efectivamente, en la islamofobia este tema del crecimiento demográfico musulmán es el que más fácilmente lleva a manejar ideas racistas, pues implica la idea de que las creencias religiosas, la moral, y formas de comportamiento se transmiten por la sangre, dependen de la ascendencia. Deducir directamente las características culturales —extremadamente negativas en este caso— de un individuo o de un grupo humano a partir de su origen biológico, es la base del racismo. Seguramente, el ejemplo más notable de este tipo de concepción es el vídeo “Muslim demographics” que ha circulado por Internet durante los últimos años.[31]
En un principio, la idea de la islamización se manejaba como una llamada de alarma contra un peligro futuro, contra algo que podía pasar si no se tomaban las medidas adecuadas, o que pasaría si se llevaban a cabo medidas equivocadas. Ya la idea que manejó Giovanni Sartori de que, si se concedía la ciudadanía a los inmigrantes musulmanes, impondrían sus normas, se harían con el poder, remitía a esa idea: si los musulmanes adquirían la igualdad, la utilizarían para islamizar nuestras sociedades. Era, por tanto, necesario mantener la desigualdad y las discriminaciones que mantenían a raya el peligro, y de forma indefinida —lo que implicaba establecer una forma de apartheid—. Después, la idea se ha ido haciendo más fuerte, y la islamización ha pasado de ser considerada un peligro futuro a ser considerada una realidad. Francia, ya no es la Francia judía de Drumont, es la Francia musulmana: «una nueva Francia musulmana está creciendo y multiplicándose de manera significativa en todos los sectores de la vida social, política, administrativa, religiosa, cultural, educativa, deportiva, incluso gastronómica. Este hecho obliga al resto de la sociedad tradicional a tomar partido y debatir, con cierta angustia, el nuevo puesto del Islam dentro de la nación», decía Juan Pedro Quiñonero en ABC.[32] Y Europa ya no es Europa, se ha convertido en una provincia del islam, es “Eurabia”.
El término Eurabia fue empleado por primera vez por la autora suiza Bat Ye’or en su libro Eurabia: el eje euro-árabe.[33] Más tarde, el término y la teoría conspirativa a él asociada fueron asumidos por Oriana Fallaci, que, sin duda, fue la que más hizo por popularizarlo entre los grupos islamófobos. En su libro, Ye’or afirmaba que existía una conspiración entre Europa y el mundo árabe para acabar con Israel. Según ella, existían documentos que, de hecho, probaban la existencia de la conspiración euro-árabe. La conspiración se había fraguado en los años 70 a raíz de la crisis del petróleo. Entonces, los estados árabes habían coaccionado a la Comunidad Económica Europea para que dejara que más y más inmigrantes árabes penetraran en Europa. A esta penetración poblacional se sumaba la promoción de la cultura árabe, lo cual favorecería la asunción del islam por parte de la población autóctona y despertaría las simpatías hacia la causa árabe contra Israel. Los políticos europeos se habían puesto así al servicio de los árabes, y la islamización de Europa se había consumado. La teoría de la conspiración manejada por Ye’or recuerda sobremanera a Los protocolos de los sabios de Sión, algo que no ha pasado desapercibido a algunos periodistas israelíes.[34]
La idea de que verdaderamente existe esa conspiración para islamizar Europa, Occidente, el mundo, se ha extendido rápidamente entre los círculos islamófobos. Pero, si bien para Ye’or y Fallaci casi todos —por no decir todos— los políticos, medios de comunicación y académicos europeos formaban parte de la conspiración, la mayor parte de los islamófobos apuntan sólo en una dirección: la izquierda europea o los liberals norteamericanos. Tal y como el antisemitismo vinculaba al judaísmo con las fuerzas de la revolución, el marxismo, el bolchevismo o la izquierda en general, los islamófobos vinculan al islam con los herederos ideológicos de esa izquierda revolucionaria europea. Sin embargo, en el antisemitismo la relación entre judaísmo e izquierda era una filiación: la masonería, la ilustración, la revolución y el bolchevismo, todos tenían su origen en el judaísmo. En la islamofobia la relación, más que de filiación, es de alianza. Pero, en todo caso, existe una comunión de ideas y de intereses que explica y demuestra la vinculación. Si, en los años treinta, La eterna cuestión judía —la publicación en castellano del aparato propagandístico nazi— decía que la vinculación entre el judaísmo y la izquierda se explicaba porque «las promesas y utopías de los teóricos socialistas, evocan en los judíos el recuerdo de las profecías del pueblo de Israel, que anuncia la dominación judía sobre la tierra»,[35] para la islamofobia de principios del siglo XXI el aliado de la izquierda ya no es el judaísmo, sino el islam. Una teoría de la conspiración ha sustituido a la otra, pero la imagen es la misma y el objetivo que se le atribuye ―destruir la sociedad occidental― sigue siendo el mismo. Es el mismo odio y la misma monserga
Para ampliar:
- Allen, Christopher. «Opposing Islamification or Promoting Islamophobia? Understanding the English Defence League». Patterns of Prejudice 45, n.o 4 (2011): 279-94, https://doi.org/10.1080/0031322X.2011.585014.
- Bangstad, Sindre. «Eurabia comes to Norway». Islam and Christian-Muslim Relations 24, n.o 3 (2013): 369-91, https://doi.org/10.1080/09596410.2013.783969.
- Bracke, Sarah, y Luis M. Hernández Aguilar, eds. The Politics of Replacement: Demographic Fears, Conspiracy Theories, and Race Wars. London: Routledge, 2023.
- Davis, Mark. «Violence as Method: The “White Replacement”, “White Genocide”, and “Eurabia” Conspiracy Theories and the Biopolitics of Networked Violence». Ethnic and Racial Studies 48, n.o 3 (2025): 426-46, https://doi.org/10.1080/01419870.2024.2304640.
- Fekete, Liz. «The Muslim Conspiracy Theory and the Oslo Massacre». Race & Class 53, n.o 3 (2012): 30-47, https://doi.org/10.1177/0306396811425984.
- Hafez, Farid. «From “Jewification” to “Islamization”: Anti-Semitism and Islamophobia in Austrian Politics Then and Now». ReOrient 4, n.o 2 (2019): 197-220, https://doi.org/10.13169/reorient.4.2.0197.
- Larsson, Göran. «The Fear of Small Numbers: Eurabia Literature and Censuses on Religious Belonging». Journal of Muslims in Europe 1, n.o 2 (2012): 142-65, https://doi.org/10.1163/22117954-12341237.
- Liogier, Raphaël. Le mythe de l’islamisation: essai sur une obsession collective. París: Seuil, 2012.
- Pilbeam, Bruce. «Eurabian Nightmares: American Conservative Discourses and the Islamisation of Europe». Journal of Transatlantic Studies 9, n.o 2 (2011): 151-71, https://doi.org/10.1080/14794012.2011.568166.
- Zia-Ebrahimi, Reza. Antisémitisme et islamophobie: Une histoire croisée. Paris: Editions Amsterdam, 2021.
- ———. «When the Elders of Zion Relocated to Eurabia: Conspiratorial Racialization in Antisemitism and Islamophobia». Patterns of Prejudice 52, n.o 4 (2018): 314-37, https://doi.org/10.1080/0031322X.2018.1493876.
Notas:
[1] “Sur les juifs”, en Louis de Bonald, Oeuvres complètes de M. de Bonald, vol. 2 (París: J.-P. Migne, 1859), 933-48, cursivas en el original.
[2] Ibid.
[3] Sobre la historia de las teorías de la conspiración judía para judaizar el mundo véase especialmente Norman Cohn, El mito de la conspiración judía mundial (Madrid: Alianza Editorial, 1995); Sobre el concepto de «judaización» en el antisemitismo alemán véase Steven E. Aschheim, Culture and catastrophe: German and Jewish confrontations with National Socialism and other crises (New York: New York University Press, 1996), 45-68.
[4] Véase, sobre este concepto, Paul Lawrence Rose, German question / Jewish question. Revolutionary antisemitism in Germany from Kant to Wagner (Princeton: Princeton University Press, 1990).
[5] La carta aparece reproducida en «Documento importante, interesantísimo y de actualidad á pesar de su fecha», El Siglo Futuro, 21 de marzo de 1882.
[6] Roger Gougenot des Mousseaux, Le Juif, le judaïsme et la judaïsation des peuples chrétiens, 2a ed. (París: F. Watterlier et Cie, 1886).
[7] Véase, por ejemplo, Pascal Bruckner, «Enlightenment fundamentalism or racism of the anti-racists?», Signandsight.com, 24 de enero de 2007; Ayaan Hirsi Ali, «La palabra liberada», Debats, n.o 91 (invierno de 2005): 45-47.
[8] Cit. en John Carlin, «¿Pueden convivir en paz el islam y Occidente?», El País, 20 de febrero de 2005.
[9] Soledad Gallego-Díaz, «Lo que falla en el mundo islámico», El País, 1 de abril de 2006.
[10] Emilio Menéndez del Valle, «Islam: risa y certidumbre», El País, 6 de octubre de 1995.
[11] Salman Rushdie, «Muslims unite! A new Reformation will bring your faith into the modern era», The Times, 11 de agosto de 2005.
[12] Tariq Ramadan, El reformismo musulmán: desde sus orígenes hasta los Hermanos Musulmanes (Barcelona: Bellaterra, 2000).
[13] Oriana Fallaci, El Apocalipsis. Oriana Fallaci se entrevista a sí misma (Madrid: La Esfera de los Libros, 2005), 214.
[14] Ibid., 219-21.
[15] Jon Juaristi, «Islam», ABC, 24 de julio de 2005.
[16] Jon Juaristi, «Cristianos», ABC, 5 de febrero de 2006.
[17] Véase, sobre este debate, Nezar AlSayyad y Manuel Castells, eds., ¿Europa musulmana o Euro-islam? Política, cultura y ciudadanía en la era de la globalización (Madrid: Alianza Editorial, 2003).
[18] Véase, por ejemplo, Santiago Petschen, «¿Y la Alianza de Civilizaciones?», El País, 31 de diciembre de 2007.
[19] Véanse, por ejemplo, las referencias al Vaticano II, y su evocación como referencia para la “reforma” que debería llevar a cabo el islam, en Antonio Elorza, «Sí, yihad en Madrid», El País, 9 de abril de 2004; Bruckner, «Enlightenment fundamentalism or racism of the anti-racists?»; Pierre-André Taguieff, La nueva judeofobia (Barcelona: Gedisa, 2003), 219.
[20] Oriana Fallaci, «Tratamos como amigo al enemigo», La Nación (Buenos Aires), 17 de julio de 2005.
[21] Rafael L. Bardají, «Cuando Europa no sea Occidente», ABC, 20 de mayo de 2006.
[22] Cit. en Michael Ignatieff, El honor del guerrero. Guerra étnica y conciencia moderna (Madrid: Suma de Letras, 2002), 74.
[23] Wilhelm Marr, «The victory of Jewry over Germandom (1879)», en Antisemitism in the modern world: an anthology of texts, ed. Richard S. Levy (Lexington, Mass. y Toronto: D.C. Heath, 1991), 76-93.
[24] Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros (Madrid: Taurus, 2001), 130.
[25] Giacomo Biffi, «Sur l’immigration», Sedes Sapientiae, n.o 75 (primavera de 2001): 1-14.
[26] Juaristi, «Islam».
[27] Robert Redeker, «Face aux intimidations islamistes, que doit faire le monde libre?», Le Figaro, 19 de septiembre de 2006.
[28] Wolfgang G. Schwanitz, «Europa será islámica al final del siglo. Entrevista a Bernard Lewis en Princeton», GEES, 21 de octubre de 2004.
[29] José García Domínguez, «Es la yihad y está aquí», Libertaddigital, 7 de noviembre de 2005.
[30] Cit. en Fred Halliday, Islam and the myth of confrontation: religion and politics in the Middle East (London and New York: I. B. Tauris, 2003), 226.
[31] friendofmuslim, Muslim Demographics, 2009, https://www.youtube.com/watch?v=6-3X5hIFXYU.
[32] Juan Pedro Quiñonero, «La nueva Francia musulmana», ABC, 16 de enero de 2004.
[33] Bat Ye’or, Eurabia: the Euro-Arab axis (Madison, NJ: Fairleigh Dickinson University Press, 2005). Sobre este libro y su autora véase Matt Carr, «You are now entering Eurabia», Race & Class 48, n.o 1 (septiembre de 2006): 1-22.
[34] Adi Schwartz, «The protocols of the elders of Brussels», Haaretz.com, 20 de junio de 2006.
[35] «El judío y el obrero», La Eterna Cuestión Judía (primera parte), diciembre de 1938.
Última modificación: 27 de marzo de 2026
